Vive en el departamento de abajo, solo.
Creo que está enojado con la vida. Y con las mujeres.
Tiene unos veintepocos años que lucen desperdiciados.
Cada noche lo escucho desde mi cuarto.
Le gusta la música clásica y a ella se dedica. Cada noche.
No parece importarle otra cosa.
Me invitó a tomar un trago el otro día.
Botellas de cerveza vacías en el suelo, sin alfombra.
Colillas de cigarro y ropa sucia por todos lados.
No parece ser muy ordenado. Tampoco parece importarle mucho.
Libros y hojas con garabatos indescifrables.
Él le llama poesía.
Sus ojos marrones no revelan la tristeza que emite su alma.
Un chico sencillo con muchos defectos.
¿Virtudes? Él dice no tener ninguna.
Un chico sensible y apasionado.
No se avergüenza de su sensibilidad, pero prefiere llorar solo, en la oscuridad de la noche.
Vive con el dinero que le mandan sus padres cada mes.
-¿Porqué no haces algo con tu vida?-le dije-¿Qué estas esperando?
-No hay nada que pueda hacer con ella.
Y si pudiera. De nada serviría, porque pronto se acabará.
Una sobredosis de heroína, un par de copas de más,
un conductor distraído, un sentimiento de autodestrucción,
y todo acabará. Todo acaba siempre.
¿Para qué empezar algo entonces?
-De eso se trata la vida muchacho, de encontrarle un sentido.
No contestó.
Ayer encontraron su cuerpo sin vida en su departamento.
Vomito y sangre en todo su rostro.
Los ojos abiertos. La muerte. Y la calma. Por fin tranquilidad.
Esto será lo último que escribo.
Mi mirada fija en la ventana abierta.
Nueve pisos me separan de mi fin.
No puedo seguir en este mundo.
Esos ojos marrones sin vida.
Ese chico sensible y miedoso.
Él fue mi único amigo.
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